Elaine Martins Alabando en el Presidio

martes, 19 de octubre de 2010

REFLEXIONES PARA EL DÍA A DÍA:

¿Conoces a Mefiboset?
  2 Samuel 9

José Gil

Me encontraba estacionado frente al edificio de la empresa donde doy asesorías a un grupo de Geofísicos y Geólogos, aún era temprano y tomaba mi tiempo para meditar y orar antes de iniciar la jornada de trabajo. Esa mañana, bajo un cielo nublado y algo de lluvia, encontré nuevamente la historia de Mefiboset en el libro de Samuel, y tuvo una sensible influencia en mí la forma en que Max Lucado lo presenta en su libro “Gente común en manos de un Dios poco común”. Agradecí a Dios por las manos que pusieron ese libro en mis manos en aquella librería en Fort Worth, Estados Unidos, y deseo compartirte lo que en una forma muy personal Dios puso en mi corazón sobre la similitud de la historia de este hombre y el mensaje de la maravillosa gracia de Dios.

En el capítulo 9, del segundo libro de Samuel, se narra la forma en que David, siendo rey, recordó la promesa hecha a su amigo Jonatán, y su deseo de “hacer misericordia”. Me gusta que este relato sea el resultado de un corazón que desea mostrar lo que Dios había puesto en su corazón. Hay tres perlas preciosas en el relato, y deseo compartírtelas con el deseo que la pongas junto al tesoro de verdades que el Padre Celestial nos da por su palabra.

De origen real: Mefiboset era el nieto del rey Saúl, primer rey sobre Israel. Hijo de Jonatán, el amigo más amado que David tuvo en su vida. Su padre y abuelo habían muerto en batalla, y luego que un tío, Isboset, fuera asesinado, era el único sobreviviente de origen real de la casa de Saúl. Tenía origen real, sin embargo según 2 Samuel 9:4 vivía en “Lodebar”, que significa sin pasto, sin frutos, una tierra árida y desértica. Acá está un hombre con ascendencia real, viviendo en una tierra árida, lejos de los privilegios de la casa real.

Herido en una caída: la historia de Mefiboset nos dice que cuando su padre y abuelo cayeron en batalla, la nana que le cuidaba huyó, seguramente sabiendo que era costumbre de la época que los vencedores asesinaban a los parientes del rey vencido para acabar su monarquía. En 2 Samuel 4:4 dice que durante su huida “el niño se le cayó y quedo cojo…”. Es interesante que en 9:3 y 9:13, cuando David pregunta si quedaba alguien de la familia de Saúl a quien ayudar, la referencia que le dieron de Mefiboset fue que era “lisiado de los pies”. Era fácil de recordar, más fácil recordar sus pies lisiados que su linaje real. Se parece tanto a la forma en que somos con quienes llevan cicatrices en la vida producto de alguna caída. Solemos recordar no su linaje real, las causas pasadas que produjeron alguna condición minusválida actual.

Restaurado a la realeza: David ordena que las tierras de Saúl y Jonatán sean trabajadas para Mefiboset, ya no viviría más en Lodebar. Ahora disfrutaría el fruto de buenas tierras. Además, el rey David ordenó que Mefiboset comiera con él y su familia a la mesa todos los días, y así se cumplió. Permíteme describir una escena digna de imaginar. David sentado a la mesa, a su lado llega su hijo Amnón, le sigue Absalón con su larga cabellera y se sienta con la solemnidad de quien procura ser el sucesor en el trono. En un momento hace acto de presencia Salomón, sereno y pensativo. Tamar, la hermosa hija ya está sentada al lado del rey, todos esperando la orden para comenzar a comer. Pero falta alguien. Se escuchan pasos ruidosos, alguien que parece arrastrar sus pies viene llegando al comedor…es Mefiboset. David le sonríe, espera a que tome su asiento y entonces sí, dice…comamos familia.

¿Puedes ver la similitud entre la vida de este hombre y la gracia de Dios? ¿Te das cuenta que nosotros, todos, también, somos de ascendencia real por haber sido creados por el Rey. Todos llevamos la cicatriz del pecado de nuestros padres en el Edén, y el mundo, la carne y Satanás, se ocupan de recordarnos que llevamos las marcas de la caída? Entonces, Dios nos invita a recuperar un lugar junto a El, a su mesa, en compañerismo, a ser su familia, a recibir el trato y privilegios de ser “hechos hijos suyos”. Ese es el mensaje de la maravillosa gracia de Dios, ejemplificada, anticipadamente, en la misericordia de David por causa de su amor por Jonatán. ¿Conoces a Mefiboset? ¿No? Mira en el espejo…allí encontraras uno, yo lo miro cada día frente al mío. Digamos a todos que hay sillas disponibles para todos a la mesa del Padre, incluso para los lisiados de la vida.

Padre, te alabo porque me invitas a tu mesa, sin mirar mis tobillos lastimados por causa de mi vieja naturaleza. Te alabo porque mientras para tantos es más fácil mirar que soy cojo, Tú me ves con ojos de misericordia. Estoy en tu presencia como tu hijo, libre de vergüenza y miedo, lleno de agradecimiento y contentamiento. Bendito seas Padre, por tu maravillosa gracia, dada por medio de Jesús. Amen. 

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